Hace unos días saltó la noticia de un portavoz de las Naciones Unidas opinando que el 11-S fue un complot, un montaje, una conspiración del gobierno entonces presidido por G.W.B. Jr.
La reacción tardó poco en llegar: los Estados Unidos reclamaron su puesto, su placa y su pistola.
De hecho al secretario general de la ONU, Ban Ki-Moon no le tembló la voz al afirmar que:
“Es ridículo y supone una afrenta a la memoria de las más de 3.000 personas que murieron en ese trágico atentado”.
Supongo que Ban Ki-Moon se está haciendo el sordo ante el clamor organizado por esas víctimas a las que cree defender.
Pero… ¿quién es Richard A. Falk? Bueno, el Sr. Falk, Falk para los amigos, es lo que a puerta cerrada y en el despacho oval deben definir como “un grano en el culo”.
Falk es profesor emérito por la Universidad de Princetown en Leyes Internacionales y ha tenido, hasta la fecha y si no se tropieza en la bañera con ninguna jeringuilla de heroína o sufre un accidente de avión, una vida repleta de aventuras académicas, legales e incluso batallas sobre el terreno.
En la época de la Guerra de Vietnam, octubre de 1973 para ser más exactos, defendió a un acusado de haber cometido un atentado bomba con víctimas mortales en una universidad militar, la defensa de Falk se basaba en la jurisprudencia de los juicios de Nuremberg, proceso que según Falk se legitima sobre la base de que la intervención militar americana en la WWII supuso un mal menor al ir destinada a frenar un mal mayor. No se trata de si Falk creía realmente en ese argumento, hay que entender la lógica elemental detrás del mismo: trazar la línea entre el bien y el mal se convirtió en una cuestión diplomática.
Desde ese año Falk ha invertido tiempo y teclas en expresar, explicar y argumentar los mecanismos que se esconden detrás de la persecución del anti-semitismo que germinó en EE.UU. a partir de la WWII, sus batallas diplomáticas con Israel se han centrado en la mayor parte de las ocasiones en denunciar la violación constante de los derechos humanos en la franja de Gaza y un largo etcétera habitual en un conflicto tan enquistado como el que enfrente a Israel y Palestina. En más de una ocasión ha sido detenido y saboteado en sus investigaciones pero nunca ha cejado en su empeño.
En relación a los atentados del 11-S su colaboración con los llamados truthers (aquellos que no creen total o parcialmente en la versión oficial y que demandan una segunda investigación) ha sido estrecha y constante.
En 2004 Falk escribió el prefacio del libro de David Ray Griffin “Cuestiones perturbadoras sobre la Administración Bush y el 11-S”, cito:
“(…) Hay preguntas se han planteado aquí y allá y las denuncias de complicidad oficial realizado casi desde el día de los ataques, especialmente en Europa, pero nadie antes que Griffin ha tenido lapaciencia, la fortaleza, el coraje y la inteligencia de poner las piezas juntas en una cuenta única y coherente. (…)”
No fue la última colaboración con Griffin y ni mucho menos la única muestra de apoyo a las dudas que las incoherencias del informe 9/11 apunta.
Así llegamos a Enero de 2011, cuando Falk abre la caja (diplomática) de Pandora afirmando desde su puesto en la ONU que:
(cita extraída del blog de Falk)
“Las sospechas que alimentan la teoría de la conspiración del 11-S son la renuencia a abordar el tipo de lagunas y contradicciones incómodas en las explicaciones oficiales que David Ray Griffin (y otros especialistas dedicados de alta integridad) han documentado en un libro tras otro desde que fuera publicado The New Pearl Harbor en 2004 (actualizado en 2008).”
“¿Qué puede ser más penoso que la evidente cobertura y el silencio misterioso de los medios de comunicación, opuestos a reconocer las más que legitimas dudas acerca de la versión oficial de los hechos: una operación de Al Qaeda, sin conocimiento previo por parte de funcionarios del gobierno. ¿Es este silencio una manifestación de miedo o de cooptación, o parte de un filtro igualmente preocupante de autocensura?”
“Sea lo que sea, el resultado es la extinción de una ciudadanía participativa y la erosión de un gobierno constitucional legítimo. Las formas persisten, pero el contenido se ha perdido. “
El dilema al que se está viendo abocada la sociedad es el de aquel que se ha dormido en los laureles y que ahora parece tener una sola opción de recuperar el terreno perdido: luchar, pero luchar de verdad, haciendo daño y olvidándonos del karma y la no-violencia. Pero… ¿se olvidará el karma de nosotros?. Un último estertor, la WWIII, un final de traca, tarde y mal… ¿y luego qué?
O eso o aceptar que hemos perdido, que esta no es la forma ni el mundo en el que queremos vivir y apearnos, como bien explica Ricardo Galli en este excelente post.
Tomar conciencia es un proceso lento e intelectualmente costoso, no hablemos del desafío cultural que entraña; pero mientras que esas ruedas giran lentamente entiendo el proceso que lleva a una persona consciente e impotente a lanzarse sobre el botón rojo llevándose por en medio a más de un tácito colaborador.
No está bien pero no parece menos humano que el elaborar un compleja y difusa política del miedo para justificar el gasto público en la industria de la muerte.
No pretendo hacer apología de la violencia, no sé si la defensa del 73 de Falk era la opción “menos mala” una vez que ya se tiene a niños envueltos en Napalm por un lado e instituciones académicas entregadas al análisis de tiros parabólicos de esas mismas bombas por otro. Cuando el fallo es estructural y anterior a los hechos que pretendemos enjuiciar no creo que el emitir una valoración moral tenga más sentido que discutir sobre la belleza de una explosión termonuclear.
¿Nos bajamos, seguimos dialogando mientras llueven las injusticias y los cadáveres o nos lanzamos al combate cuerpo a cuerpo?
Nadie puede ayudarte a tomar esa decisión, nadie puede tomarla por ti.
Creo firmemente en el poder del diálogo y la insistencia en encontrar una forma de evolucionar y levantar el vuelo; aunque sea en el último instante y con las copas de los árboles enganchadas al tren de aterrizaje. Sospecho al mismo tiempo que hemos sobrepasado el punto de no retorno.
Si el contenido se ha perdido, como dice Falk, siempre nos quedará la tragedia de las formas: el capitán aferrado al timón del navío aún sabiendo que el naufragio es inevitable.