El viernes me embarqué en un french road trip: Alicante-Zaragoza cortesía de Ryan Air, Zaragoza-Pau cortesía de un veterano Audi 90 que cumplió los 200.000 pasando por el túnel de Canfranc.
La aventura transpirenaica estaba motivada por el anhelo de cumplir un sueño largamente fraguado y que nació el día que retransmitieron (creo recordar que en directo) el concierto de Jean-Michel Jarre: el primer artista occidental en tocar en la RPC. Si alguien más lo vió en aquellos tiempos me entenderá. Los que no sepan de que va el tema pueden irse a las cifras, los récords y demás parafernalia que aunque ayudan a dimensionar el calibre del personaje no transmiten ni un ápice de su obra.
Años más tarde disfruté en VHS del concierto en Houston con motivo del 25 aniversario de la NASA, ante 1 millón de personas Jarre deslumbró al mundo con un espectáculo todavía hoy sin parangón con la salvedad de otros conciertos posteriores del mismo autor, por ejemplo: París – La Defense (1991). Aquellos conciertos de los 90 mantenían viva la esperanza de poder disfrutar de uno de sus raven en persona, así mientras alcanzaba la mayoría de edad y aspiraba a la solvencia económica que me permitiera realizar el viaje disfruté de incontables horas de evasión musical enchufado a los auriculares, de mi walkman primero, del discman mucho después…
… con 62 años y millones de fan entusiastas Jarre llegó al 2010 y decidió lanzar una gira in doors que deslumbrara a sus fans con espectaculares efectos visuales y una calidad sonora acorde.
Nada más llegar a nuestra localidad descubrimos un folleto de “Jarre Technologies” publicitando el fruto de cuatro años de desvelos. Mal presagio.
Sobre un sencillo escenario y un auditorio técnicamente capaz Jarre desplegó una sencilla puesta en escena en la que ya desde el primer instante se confirmó la peor de las sospechas: faltaban gran parte de sus antiguos sintetizadores analógicos.
Jarre entró eufórico caminando entre sus fieles, cosechando manos y vítores, subió pegando botes al escenario y eso fue todo: dos horas pegando botes con más de 60 tacos, me alegro por su corazón.
Sólo se acercó a sus viejos sintes en un par de ocasiones, el resto del tiempo lo pasó maltratando clásicos analógicos con inerte basura digital; tocó la vieja y deliciosa guitarra/moug en una ocasión y nos regaló los oídos durante algunos minutos con una buena interpretación al siempre estremecedor Teremin. Finito.
Paradójicamente ni rastro de ninguno de los temas “recientes” dignos de mención concebidos bajo tecnología digital de última generación aunque tampoco hizo mucho más a parte de lanzar samples desde modernos multipistas que poco o ningún trabajo le exigían ya que era obvio que lo traía casi todo cocinado de casa. Nos refugiamos en la percusión y su veterano teclista de apoyo los cuáles al menos se ganaron la cena y cerramos los ojos cuando aporreó el harpa láser con unas impropias variaciones al más puro estilo Gipsy King.
¿Y el show de luz y color? ¿Y la evocadora, espectacular y esperable composición de efectos de luz que transportan al espectador a un estado de catársis igual que un buen ballet eleva el trabajo de la orquesta a cotas celestiales? Ni cielo, ni ballet, ni nada de nada… los láseres y la pantalla de proyección eran grandes y potentes, sin duda, capaces de acometer dicha tarea si tan sólo alguien se hubiera molestado en sincronizarlos con la música en lugar de dejarlos encendido en modo demo durante toda la velada. En resumen: una puesta en escena pobre, arrítmica e injustificable.
La guinda de la catástrofe la pusieron los cuatro (literalmente) fans fanáticos (o a sueldo) que se pasaron todo el concierto de pié junto al escenario brincando al ritmo de su ídolo, sumergidos en un éxtasis aeróbico impropio de los conciertos de Jarre (que se suelen disfrutar sentado, como manda la tradición), especialmente ridículo el detalle de los tubitos fluorescentes a modo de prismáticos cuando tocó Equinoxe IV.
Cuando la NASA le pone tu nombre a un planeta en tu honor, la UNESCO usa tu himno y Arthur C. Clarke reconoce que tu música, “escuchada obsesivamente“, le inspiró para escribir Odisea 2010 es lógico que, previo pago de 80 eur / cabeza, uno espere un espectáculo acorde.
Jarre lleva muchos años maltratando a sus fans, intercalando un concierto decente con 10 giras basura, un disco elaborado por cada cuatro abortos sonoros recaudatorios.
Sobraron aspavientos y se hechó de menos más respeto por su trabajo.