¿Qué mejor fecha para inaugurar la sección relatos que un Viernes 13?
De 20:00h a 21:00h Bach ha reseteado mi cerebro y Morfeo se ha apoderado de mi cuerpo.
De 21:00h a 22:00h me he alimentado de pan, queso y chorizo.
De 22:00h a 23:00h he comido helado de menta y chocolate al tiempo que escribía esta breve inocurrencia:
Los vecinos
Todos llegamos al mismo tiempo. Nuestras miradas se cruzaron y a penas si nos saludamos con un gesto mientras ascendíamos por primera vez las escalinatas enfrentadas de nuestras respectivas moradas. En aquella mañana soleada de primavera el Marido cargaba los bultos más pesados. La Mujer cargaba con los bultos menores y asistía las maniobras requeridas por los aparejos más inmanejables, nada inimaginable: una cómoda, el cabecero de la cama, la mesa del comedor. El Niño revoloteaba a su alrededor compensando cada gesto de ayuda con una maniobra de distracción. Al caer la tarde lograron cerrar definitivamente la puerta de su nuevo hogar.
Salpicaron la quietud de la noche con una sinfonía doméstica inconfundible: vajilla, fogones, crepitar de los carbones, chirriar de los hierros de la cocina, comida y cubiertos.
Desde el primer día les observé. Sus sonidos cotidianos alimentaban mi sónar. En mi Mente sus constante y cíclicas evoluciones iban cobrando definición con cada iteración. Despertador, muelles, grifos, agua, cajones, fogones, tostadas, café y cubiertos. Puerta, peldaños, puerta, motor. Motor, puerta, peldaños, puerta, llaves, cajones, fogones, cubiertos. Descubrieron que en los días de buen tiempo el patio trasero les ofrecía un lugar de sereno esparcimiento. Agazapado desde la ventana de la buhardilla podía contemplarles sin ser visto. La Mujer siempre permanecía atenta a las ocurrencias del Niño, sólo se permitía la distracción de una revista instrascendente. El Marido llegaba algo más tarde y después de otear la escena comprobando que Nadie alteraba el orden de las cosas se zambullía en la lectura de un grueso volumen.
Ellas llegaron un poco más tarde, casi por accidente descubrí que cubriendo todas las ventanas durante el cénit solar su triunvirato hacía acto de presencia. Salían cada una de un rincón diferente de la estancia y convergían sobre mí simultáneas y solícitas, poderosas en su mirada aunque dóciles en sus acciones. Con prestancia telepática colmaban todos mis deseos, me alimentaban y satisfacían. Su rutina se convirtió en la mía, imitábamos sus acciones: despertador, muelles, grifos, agua, cajones, fogones, tostadas, café y cuchillos. Cuando escuchábamos la puerta sus miradas se volvían sobre mí y dejábamos correr las horas con nuestros juegos que sólo se veían interrumpidos cuando por pura curiosidad me veía empujada a descubrir alguna ventana para supervisar las actividades domésticas de la Mujer en el patio trasero: colada, lectura, juegos del Niño.
Aquella mañana se inició como todas las demás: despertador, muelles, grifos, agua, cajones, fogones, tostadas, café… una de Ellas, o quizás las tres al unísono, se cortaron deliberadamente el dedo meñique. Un grito procedente del otro lado de la pared divisoria me sobresaltó y actó seguido las tres me miraron con sus grande e inexpresivos ojos negros.
Al tintinear de las llaves me precipité sobre la ventana de la fachada principal. La Mujer llevaba el brazo vendado desde el codo hasta la mano y el Marido la conducía intentando tranquilizarla. El Niño era una sombra aferrada a las faldas de su madre.
Al caer la noche una luminosidad inusual me desconcertó. Por descuido había dejado la ventana de la fachada descubierta, me aproximé para averiguar el origen de aquel resplandor y descubrí el brillo de la Luna llena. Corrí las ventanas y pude sentirlas emerger detrás de mí. Durante unos instantes eternos sentí que el pánico se apoderaba de mí. Descubrí nuevamente la ventana pero seguía notando su presencia. Lentamente me giré y sus tres pares de ojos, negros, profundos e infinitos me absorbieron. Las vi girar sobre sí mismas y caminar hacia la pared.
La Autoridad nunca pudo resolver el crimen. Cuando llegaron alertados por los vecinos los cuerpos estaban fríos, con un rictus propio de los cadáveres abandonados. Los tres miembros de la familia habían sido cosidos a cuchilladas pero nunca se encontró el arma, sin embargo todos presentaban heridas que por la altura y ángulo de penetración sólo podían haber sido hechas por alguien de la estatura de un niño. Al mismo tiempo el Niño presentaba heridas que parecían inflingidas por un adulto. Si no fuera por la ausencia del arma homicida y por lo inverosímil que resultaba esta tesis todo el escenario apuntaba a que se habían acuchillado mútuamente. Tampoco hubo testigos que interrogar, la vivienda era una antigua casona dividada por su eje central para dar lugar a dos domicilios simétricos, una mitad la ocupaba la familia misteriosamente asesina, en la otra mitad y desde hacía más de veinte años, no vivía Nadie.