Tribu, me quedo con esta: grupo social primitivo (pre-estatal) de un mismo origen, real o supuesto, cuyos miembros suelen tener en común usos y costumbres.

Ignoramos las señales. Lo decía el otro día Iñaki Gabilondo al recoger su premio (aunque después divagaba de forma pueril sobre los sindicatos), lo dicen las neuronas espejo, la lógica transaccional del Yo y nos lo debería estar susurrando nuestra intuición: somos uno y… de la unión nace la fuerza. Por lo tanto y aunque sea una obviedad, ¡tantas cosas son obvias!: de la disgregación nace la debilidad.

La familia tal y como la conocemos hoy no es más que un vestigio de una liturgia olvidada, una pieza de un puzzle autodestruido, la clave de nuestra supervivencia todavía entre nosotros aunque invertida, sesgada, reflejada en el espejo equivocado que diría Spinoza.

En el mismo instante en el que la familia prevalece y se prioriza sobre la tribu se pone en marcha la maquinaria de la divergencia, la fragmentación íntima de todo el tejido social. Esa sutil inversión de jerarquías adquirida por nuestro ego en algún momento también olvidado y difuso; nuestro ego hipertrofiado bajo un deslumbrante mensaje de individualismo. El instante de la infección, del contagio de aquello que no es sino el oxímoron primigenio: posesión. El creer que podemos poseer algo nos aleja, meta-paradojas semánticas, de todo aquello que creíamos nuestro y nos transmuta en letales tumoraciones de lo único que puede salvarnos.

Lo más importante de esta existencia eres tú; tú que no sólo eres igual a los demás sino que eres los demás. No entender o entender y negar sólo nos está llevando, ahora, ya, segundo a segundo, hacia el abismo.

Somos uno, somos uno, somos uno… repítanlo como un mantra, quizás así alcance la dimensión que hay detrás de este hecho al que le volvemos la espalda a diario.

Tenemos todos los síntomas, incluída la búsqueda obsesiva y casi inconsciente de un grupo al que pertenecer: mi equipo, mi parroquia, mi barraca… mi familia, mí, mí, mí… yo, yo, yo… ¿pero… qué sabemos del yo?

Es normal que no seamos capaces de tomar una decisión coordinada ya que la evolución de la conciencia colectiva pasa por la necesaria creación de un canal de comunicación efectivo que todavía no existe. Una cosa es saberse uno y otra muy diferente sentirlo, experimentarlo.

Si alguien tiene en la chistera un interfaz mental bidireccional que lo saque, presto por favor, nos estamos quedando sin tiempo; no es que importe mucho pero tenía planeado leer un par de libros a lo largo de esta recién estrenada década y… bueno… eso.

Por otro lado: siempre nos quedará la Teodicea.

De postre:

La imagen no aparece hasta alcanzar el sexto segundo.

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