Por orden del juez.
Cuando se desató la guerra mediática y pública sobre las vacunaciones de la Gripe A, gestión pública que fue oficialmente acusada de cohecho; muchos se preguntaban si era legal que te vacunaran en contra de tu voluntad. La respuesta, legal y teórica, ya la dimos aquí: sí, así lo contempla nuestra legislación. La respuesta práctica la hemos visto hoy.
No todas las vacunas son 100% eficaces, de hecho es lo que pasa con la conocida vacuna de la gripe, su eficacia es muy variable y lejos de ser satisfactoria (entre el 40% y el 80%).
Las vacunas del sarampión,
hay más de una, se mueven en una satisfactoria horquilla del 92% / 98% sin embargo tienen la contraprestación de presentar con frecuencia efectos secundarios más intensos de lo habituales en otras vacunas (febrícula y otros síntomas de infección). Actualmente me consta que la polémica sobre la vacuna del sarampión sigue viva en los círculos profesionales al ser las nuevas generaciones de la misma fabricadas a partir de virus vivos. La idea de inyectarse un virus vivo o no-muerto no le hace gracia a todo el mundo. Es cierto que dicha opinión, extendida entre los médicos más veteranos, viene de las primera vacunas: eran menos eficaces y con síntomas de fiebre y malestar frecuentemente intensos y a lo largo de más de una semana. Fueron estas complicaciones las que llevaron allí donde se emplearon estas vacunas a generar un clima de desconfianza entre los profesionales. Hablo por experiencia directa: en mi familia hacen falta más de cinco dedos para contar los que son médicos y fue por el consejo de los más veteranos que muchos nunca nos vacunamos contra el sarampión. Tuvimos la suerte de no sufrirlo o quizás no fue cuestión de suerte: la mayoría de los niños con los que convivíamos sí se vacunaron creando una población poco propicia a difundir el virus.
En el caso de la noticia que da pie a esta entrada hay que destacar que los anticuerpos no adquieren una concentración elevada hasta 3 semanas de la inyección por lo que también deberíamos hablar de reclusión forzosa ya que durante ese período el organismo no debería exponerse a un brote confirmado.
La pregunta que deberíamos hacernos es si esta decisión no podría repetirse con mayor desatino, masivamente y respondiendo a intereses privados.
Un apunte curioso
En veterinaria existen estrategias de vacunación que por eugenésicas no son extrapolables a los seres humanos. Se basan en estudios de dinámica de poblaciones que han demostrado (en algunas enfermedades con tasas de mortalidad moderadas) que vacunar al 100% de la población no ofrece los mejores resultados a largo plazo ya que se elimina la posibilidad de que algunos individuos desarrollen y transmitan a sucesivas generaciones una resistencia natural a la enfermedad. Por ello cuando se vacuna a un rebaño siguiendo esta táctica se suele inocular solamente a un 60% de la población, grupo del que se espera una mortalidad baja, acorde con la vacuna; entre el 40% restante suele haber un 50% que no sufren la enfermad: bien porque no fueron contagiados, bien porque eran naturalmente resistentes al virus. El 20% restante del total queda expuesto al porcentaje de mortalidad correspondiente a la enfermedad y que salvo en epidemias extremas nunca es del 100%. Con el tiempo la herencia genética de los supervivientes no vacunados naturalmente resistentes se propaga al ser estos indivíduos los que se emplean en las montas.
Esta técnica también se ha empleado con éxito en plantas.
La peligrosa moda de no vacunarse
La polémica sembrada por el caso de la Gripe A ha reavivado entre determinados sectores de la población la idea de que vacunarnos nos debilita y nos hace dependientes de la industria farmaceútica.
Habitualmente quienes toman la decisión de cerrarse en banda a la vacunación no entienden qué es y cómo funciona un vacuna. De hecho es muy frecuente confundir el peligro del uso indiscriminado de antibióticos con la vacunación total de poblaciones. Una vacuna no es un antibiótico. El antibiótico ataca directamente al agente patógeno, concreta y exclusivamente a microorganismos (como las bacterias) pero nunca a los virus. El antibiótico no “enseña” nada a nuestro sistema inmunológico, al contrario, su abuso puede hacer a nuestras defensas perezosas.
En cambio inyectar una vacuna es introducir en el organismo un “cadáver” del agente patógeno que produce la enfermedad, el sistema inmunológico examina (y después elimina sin peligro alguno) dicho “cadáver” aprendiendo (memoria inmunológica) cómo defenderse, de esta forma si el indivíduo vacunado se expone a un agente patógeno vivo de dicha enfermedad será capaz de eliminarlo sin llegar a verse invadido por el mismo.
Es cierto que se puede construir una población multiresistente de forma natural mediante el ejemplo anteriormente mencionado pero hay varias inconvenientes que van en contra de la ética más elemental e incluso de esa misma tendencia kamikaze contraria a la vacunación: algunos sí deben vacunarse para no correr riesgos innecesarios (no todos somos naturalmente inmunes a todo por lo que si nadie se vacuna estaremos asumiendo una mortalidad innecesariamente elevada), algunos tendrán que morir para poder localizar indivíduos autoresistentes y sólo los supervivientes que hayan demostrado poseer resistencia natural tienen derecho a reproducirse.
Por lo tanto no vacunarse cuando se trata de enfermedades graves (viruela, tuberculosis, tifus…) implica un egoísmo temerario de quienes no se vacunan (es su problema) hacia aquello que habiéndose vacunado pueden estar fuera del porcentaje de eficacia.
Cuando existe una vacuna eficaz, SEGURA (con una mortalidad probadamente inferior a la enfermedad de la que nos protege) el éxito radica en que todo el mundo se vacune, así la posibilidades de verse infectado se reducen en tanto que la propagación de la enfermedad disminuye exponencialmente, no digamos las probabilidades de fallecer por una infección que terminan siendo prácticamente nulas.
No todas las enfermedades ni todas las vacunas implican los mismos riesgos así que antes de tomar una decisión hagámoslo desde una perspectiva racional y científica.