Hoy se cumplen 2 años de mi bautismo-motero.
Rescato este mail enviado a mis mejores amigos a modo de aniversario:
Como algunos sabrán desde el viernes pasado me he visto convertido en motero a la fuerza, no es que no tuviera ganas pero lo que desde luego no tenía era elección: uno de los coches que usamos para ir a trabajar era de mis suegros y tenía que devolvérselo.
Enfrentar a un individuo al desafío de sobrevivir al tráfico a razón de 70km al día, no habiendo montado jamás en motocicleta y eligiendo para el bautismo una de marchas (Yamaha YBR 125, tipo naked) es un drama digno de perdurar en el tiempo como lo han hecho Hamlet, la batalla de las Termópilas o los cómics de Mortadelo y Filemón.
Mi primera experiencia tuvo lugar nada más sacarla del taller / concesionario, de nuevo sin alternativa: o aprendo a llevarla por las inmediaciones del lugar para después atreverme a llevarla hasta el garaje (a escasos 2km del taller) o “la burra”, que dicen los veteranos, pasa la noche al fresco.
Ante las apuestas sobre si me mataba en la primera o en la segunda curva que esos imberbes adolescente que parecen haber nacido sobre un scooter y que pululan por los alrededores de todo taller emitían sin importarles lo más mínimo que les pudiera escuchar me monté pensando que aquello que me temblaba entre las piernas no era la fuente de placer y libertad que te venden en Easy Rider: en aquel momento comencé a ser plenamente consciente del berenjenal en el que me había metido.
Todo lo que me rodeaba era extraño: el embrague en el puño izquierdo, las marchas en el pie del mismo lado, el freno delantero en la mano derecha… no es que no se pareciera al coche sino que ni siquiera sentía la familiaridad de la bicicleta.
Los imberbes perdieron la apuesta: no me caí, al menos delante de ellos, eso lo reservaba para la intimidad.
Tampoco piensen que todo fue coser y cantar: tirones, trompicones y caladas constantes… la viva imagen de Angel Nieto, vamos.
Después de 14 km de vagar por un vacío polígono industrial escogí el último cruce antes de alcanzar el ansiado garaje para descubrir a que sabía un bordillazo en moto: absolutamente a nada. La hipotermia había insensibilizado mis piernas y no descubriría el alcance de los daños hasta el momento de ponerme el pijama.
Esa noche mi orgullo, mi ego, mi hombría y mi instinto de supervivencia libraron una dura batalla.
Segunda experiencia: el domingo por la mañana, consciente de que al día siguiente debía ser capaz de llegar de una pieza al trabajo, me obligué a embutirme en toda la parafernalia que constituye la indumentaria motorista y me lancé a la calle.
Tras la puerta del garaje descubrí que estaba cayendo agua nieve y que el termómetro no iba a concederme más de 6º.
Me dije: – Bien, si en estas condiciones consigues volver a casa sin una segunda ración de asfalto en tus rodillas puede que tengas alguna posibilidad -
¡Y lo logré! Los conductores con los que compartí el asfalto durante aquel segundo bautismos debieron tacharme de borracho bajo los efectos la heroína o quizás solamente borracho. Menos da una piedra… o un bordillo porque esta vez no repetí el menú y volví a casa contento aunque igualmente congelado.
Hoy es mi cuarto día y ante mí sólo resta volver a casa, mi estilo va mejorando pero me sigue resultando difícil dominar los nervios en las situaciones de arranca-para con tráfico a mi alrededor. En ese ambiente he llegado a calar la moto 10 veces seguidas para desesperación de los que aguardaban tras de mí, no lloré, pero poco me faltó para gritar.
Hay muchas cosas que desconozco y otras que defiendo aún ignorando que, quizás (irónico), no esté en posesión de la verdad absoluta pero como dice mi jefe -me juego el huevo izquierdo y la mitad del derecho- a que no es una buena idea dejar que alguien como tú tenga acceso libre a una moto de marchas de 125cc.
Aguardaré paciente conteniendo el miedo, la rabia y la frustración del que se ha visto devuelto a la indefensión del conductor novel cuando ya se defendía con su coche, centrándome por el momento en el sencillo y nada exigente placer de las largas bajadas con el viento contra el pecho.
Sé que al igual que me ocurrió con el coche, con los esquís o con la tabla de snow, después de la tormenta y el dolor llegará la plenitud del control y la satisfacción.
Hasta entonces: paciencia y prudencia.
Un abrazo para todos y feliz año!!
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P.S.: Especial mención y agradecimiento a mi mujer que en el momento de la vuelta a la seguridad del hogar siempre me recuerda lo guapo que estoy vestido de -motoristo-. Un beso peque.
14 de diciembre de 2007: mi primer día en moto.

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