machismo.

1. m. Actitud de prepotencia de los varones respecto de las mujeres.


feminismo.

(Del lat. femĭna, mujer, hembra, e -ismo).

1. m. Doctrina social favorable a la mujer, a quien concede capacidad y derechos reservados antes a los hombres.

2. m. Movimiento que exige para las mujeres iguales derechos que para los hombres.

Aviso

La palabra hembrismo no está en el Diccionario.

La R.A.E. no se inventa los neologismos, las nuevas palabras las promueven las personas, nosotros, a través del uso. Llegado el momento la Academia entiende haberse alcanzado cierto consenso sobre su significado y lo recoge en su (nuestro) Diccionario para que todo el mundo tenga claro cuál es el código que todos debemos seguir si nuestra intención es entendernos. Cierto es que a menudo llegan tarde y mal.

Que hembrismo no esté en el diccionario sólo quiere decir que su uso o bien es reciente o bien no está muy extendido. Teniendo en cuenta la frecuencia creciente con la que me tropiezo con la palabra en cuestión podemos descartar lo segundo y esperar que su inclusión en el Diccionario está cada vez más próxima.

¿Cuál será la definición para este neologismo? La corriente general la considera el opuesto del machismo: actitud de prepotencia de las mujeres frente a los varones. De esta forma se lograría dejar limpia de connotaciones negativas al feminismo al tiempo que se desterrarían a las feministas radicales a la categoría de hembristas.

Hasta ahí bien… ¿o no?

Pues por lo visto no y además son varias las personas que parecen interesadas en que se confunda la velocidad con el tocino y no entienden que la R.A.E. irá siempre un paso por detrás del uso del lenguaje como no puede ser de otra forma: ellos recogen el uso mayoritario del lenguaje, tratan de estandarizarlo y lo publican para quien quiera consultarlo. Coincido con el interesante análisis de Mercedes Bengoechea sobre la realidad sexista del lenguaje así como con el hecho de la necesaria democratización de la R.A.E. pero discrepo en la importancia capital que ésta le imputa la Academia como promotora del sexismo. Teniendo en cuenta que la mayoría de los hablantes de una lengua jamás se han parado a consultar el diccionario para cotejar la corrección con la que hablan no puedo estar de acuerdo con aquellos que acusan a la Academia de promover un uso sexista del lenguaje, entiendo y comparto con ellos que dicho uso existe y comprendo que sientan la humana necesidad de focalizar su frustración buscando un culpable, pero están eligiendo mal el blanco de sus críticas: la R.A.E. y su diccionario no son causa sino consecuencia del uso que hacemos todos de nuestra lengua.
Hablando de lengua: algunas críticas son perfectamente lícitas y ponen el dedo en la llaga ya que a pesar de lo dicho sí hay situaciones en las que la R.A.E. no se ha preocupado lo más mínimo por buscar cierto equilibrio.
Desoyendo la recomendación de Mr. O me voy a meter en un jardín: todo esto no deja de tener un tufillo de pestilencia similar a la evolución de otros términos, caso de la mutación de palabras como: minusválido que después fue discapacitado y recientemente persona con diversidad funcional. Los integrantes de dichos colectivos consideran que las definiciones anteriores tenían un carácter peyorativo porque reflejaban con negatividad su condición, poniendo en evidencia una supuesta y necesaria rehabilitación cuando quizás muchos de ellos están muy contentos siendo como son… y sin embargo opino: no dejan de tener menos capacidad en cuanto a movilidad u otras áreas según su limitación.

Intento ponerme en la piel de quien va, por ejemplo, en una silla de ruedas y tener a alguien delante comentando mi realidad innegable como persona con diversidad funcional

¿Qué se siente cuando te llaman minusválido? Supongo que automáticamente pensaría para mis adentros (o mis afueras, según el día): “¡minusválido tu madre, soy tan capaz como tú!”. Después, más calmado y en casa, mirándome al espejo tendría que reconocer que según para qué actividades puedo ser tan capaz como el que más y para otras no tanto.

Ahora me imagino a alguien delante de mí diciéndole a un tercero mientras me señala: “Ayúdale con el escalón ¿no ves que tiene diversidad funcional?”. Si de algo estoy seguro es que no se cómo pero ese tío imaginario se iba a tragar la silla de ruedas hasta la última tuerca. Sufro de cierta intolerancia a la hipocresía, especialmente a la que pretende camuflarse detrás de expresiones vacuas y artificiosas.

Cierro la incursión en el espinoso jardín de la diversidad funcional reconociendo, compartiendo y defendiendo el derecho de un grupo a exigir que se les llame como les plazca así como el derecho a cambiar de nombre tantas veces cómo quieran. ¿Queréis diversidad funcional? OK, que así sea, al menos por lo que al humilde uso del lenguaje que me corresponde; eso sí, si algún día la desgracia me enrola en vuestras filas os prometo ser un verdadero grano en el culo… o en donde quiera que podáis sentirme.

Con el nuevo feminismo, libre de hembras radicales y prepotentes, me siento igual de agredido: ¿Necesitamos un término adherido indefectiblemente a un género para llegar a la igualdad entre ambos? ¿Soy el único en detectar una contradicción?

Para ser iguales hemos sacrificado la economía lingüística de los plurales genéricos, tradicionalmente masculinos; ahora cuando queremos mencionar a todos los hombres del planeta debemos aclarar que son hombre y mujeres, sin embargo todavía no hemos llegado a decir las personas y los personos pero será cuestión de tiempo. ¿Exceso de discriminación positiva? Lo digo por citar otra incongruencia etimológica ¿cómo puede ser buena la discriminación? ¿Cuándo y quién decide haberse aplicado suficiente discriminación habiéndose logrado compensar la desigualdad de partida? Mi gadgeto rádar detecta parche y chapuza a partes iguales.

El origen que hoy nos lleva a tener un galimatías por idioma es el no tener las cosas claras desde el principio: perdemos de vista que ya contábamos con las herramientas adecuadas desde el principio y que lo único en lo que fallábamos era en su uso y aplicación.

Ya existía una ley de la igualdad antes de la Ley de la Igualdad. Se llama constitución y de ella nacen y se vertebran todas las normas subsiguientes dejándose bien claro que todos y todas somos iguales ante la la ley.

Quienes están detrás de la creación de nuevos e innecesarios términos, leyes, ministerios y comités no buscan solucionar el problema sino simple y llanamente agrandar su ego y su cartera. Eso señores y señoras míos y mías se llama entorpecer a la justicia siendo de ley su persecución y castigo así que propongo la creación de una Ley de Igualda Igualitaria y No Excesivamente Discriminadora para solucionarlo, de su creación y aplicación se encargará el Comité por La Supervisión de Perfecta Igualdad, a continuación procedemos a nombrar los cargos responsables del departamento y a la aprobación de la pertinente partida presupuestaria.

Solucionado…

… y así, mientras creemos que la justa solución pasa por etiquetar y clasificar cuidadosamente todo el Universo, mientras invertimos esfuerzo y energía pensando si una estrella debe tener un estrello temiendo que el que no lo tenga pudiera inducir una ausencia subconsciente germen de la discriminación galáctica; mientras que todo eso ocurre no sopesamos que, persiguiendo la igualdad, mujeres y hombres ya no pueden convivir bajo una misma palabra habiendo creado distancia lingüística y promoviendo, quizás, la distancia física en una sociedad ya de por sí dividida, al tiempo que conviene recordar que sociedades casi extintas encontraron la paz en opciones mucho más sencillas y conciliantes: (…) Dentro ya de la especie humana, también tenemos ejemplos de pueblos en los que la mística de la masculinidad no se ha desarrollado y, por lo tanto, no existe el patriarcado ni el machismo ni la separación de géneros. D.D. Gilmore ha estudiado las costumbres de los habitantes de la isla Tahití y de los semai, un pueblo que habita en la península malaya, como botón de muestra de otros pueblos con parecidos comportamientos y que fueron estudiados por Margaret Mead, Bronislaw Malinowski y otros investigadores. Los tahitianos viven en una isla de la antigua Polinesia francesa y tanto los varones como las mujeres suelen realizar idénticas funciones e intercambiarlas entre sí con absoluta normalidad en función de las circunstancias. En su idioma no existen términos que designen el género, es decir, que no hay roles masculinos o femeninos, no hay pronombres ni artículos que indiquen el sexo del sujeto ni del objeto, hasta el punto, que se puede escuchar a alguien relatando una interacción con otra persona durante mucho tiempo sin poder distinguir si se está refiriendo a un varón o a una mujer. Los patronímicos no tienen género y, por lo tanto, hay hombres y mujeres que tienen el mismo nombre. (…) Leer más aquí.

« »